En un recóndito paraje rutero existe un pequeño pueblo casi mágico llamado Ñandutí. Allí se detiene el tiempo en un efecto circular maravilloso. Desde épocas ancestrales cientos de tejedores han entrelazado sus manos para armar su historia. Los hilos son como las notas musicales de una sinfonía que se entrama en comunidad. Cada color un acorde, cada punto un ritmo, cada pieza única. En su boulevard principal los naranjos y mandarinos inundan los alrededores con aroma fresco y libre. Su única placita te hace valorar las cosas pequeñas, como el canto de las aves y el ruido del oleaje de su río cercano que otorga una humedad ligera complementaria a los mates de la tarde. Los niños juegan allí sin miedo y las mascotas los rodean con aires de personas adultas cuidadoras. Cada habitante goza de una prenda completamente artesanal, la cual va cambiando con los años. Sólo sentarse en uno de sus bancos a observar los acontecimientos es un espectáculo maravilloso. Embelesada por este atractivo turístico no dudé en agarrar el auto y aprovechar mi domingo.
Ni bien llegué fui a almorzar a un almacén de ramos generales. Allí me contaron la leyenda de cómo antes de nacer, cada poblador es soñado por sus abuelos quienes comienzan a elaborarle su ajuar de ropaje con retazos de sus prendas más preciadas. Para ello, se retiran al monte para entrar en una especie de trance donde escuchan de sus antepasados cuál es el camino para tan sagrada labor. No con palabras, sino con melodías gestadas en la naturaleza. Una cadena eterna familiar entrelazada a través de la simpleza de ser y estar en el momento presente. Las verdaderas directrices ocurren en los amaneceres, cuando el sol ilumina las gotas de rocío impregnadas en las hojas de árboles, plantas y pasto. Entonces los nonos imaginan las partituras del mensaje a través de esa lectura, así como también su métrica gracias a la vibración producida en las gotitas por el efecto del viento. Casi como un código morse heredado para emprender el trabajo de recibir a su amor parental exponenciado. Los afamados padres ni bien reciben a su bebé, en la más absoluta intimidad de su hogar, lo visten con esa ofrenda esmerada. Sin explicación racional, hecha a la perfecta medida y confortable como el vientre materno. Desde ese mismo instante, estos cuidadores responsables se ponen a bordar también para su propia descendencia. Pero ya no lo hacen adentro sino afuera en su zaguán. Esta vez con las canciones de quienes están a su alrededor. Algunas se escuchan más fuertes, sobre todo las más próximas a sus oídos. Esos coreutas también participan en el manto, y así continúan la ropa original, sin cambiarla sino ampliándola y enriqueciéndola con las más variadas y maravillosas telas.
A la tarde no pude perderme gozar de un chapuzón en sus aguas y fui a mojarme los pies a sus orillas. La sentí cálida y agradable. Me llamó la atención una mujer a mi izquierda temblorosa. Su vestimenta era liviana y colorida. Reflexioné sobre las percepciones y los diferentes sentires en una misma circunstancia. Me quedé observándola porque parecía incómoda. Comenzó a rascarse estrepitosamente y sus movimientos iban rompiendo paulatinamente su envoltura. No me dí cuenta cuánto tiempo pasó, fue una mezcla de un segundo y años, como un proceso transformador. De pronto, se escucharon dulces voces entonando con suavidad, tardé en darme cuenta que se dirigían a la sufriente. Quien al principio no las escuchaba, estaba centrada en su malestar. De a poco, la rodeó un aura multicolor cada vez más fuerte que la condujo a sentarse a componer su nuevo cobijo con sus matices lumínicos y los retazos sobrantes anteriores. Luego de este evento revelador volví a tenerle fe a la humanidad. Sin dudas aquella señora tuvo una versión mejorada de su modelo, pero le costó mucho dolor darse cuenta de ello. Quise transmitirle con imágenes mentales, como una película proyectada sobre mí, que era mejor la culpa de haberlo intentado en lugar de nunca haberlo hecho. Su cara sonrió y eso nos inundó de una enorme paz compartida en la potencia y profundidad de nuestro encuentro. Ya no estábamos solas, aquellas fonaciones se acompañaron de cuerpos. Bailamos y confeccionamos algo nuevo en conjunto. Entendí en este bello lugar que no se puede salir de un pozo en soledad. Hay épocas silenciosas y oscuras buscadas, otras que te golpean. Así pude ver a muchas otras personas transitando en paños menores por los senderos, buscando aún ese anclaje a la vida para seguir existiendo, o no. Yo, por las dudas, vocalizo e hilvano con cariño cuando estoy cerca.

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