Roberto era un pingüino emperador que había nacido en el acuario de Mar del Plata. Su llegada a este mundo había sido todo un acontecimiento por tratarse de una especie en peligro de extinción. Tanto fue así, que su nombre fue seleccionado entre miles que los chicos de los colegios visitantes escribieron y depositaron en una enorme urna ubicada en el sector en donde estaban sus padres empollando. Los cuidadores habían estado años acompañando a esa pareja para que finalmente pudiera tener a su pichón. En los primeros intentos no habían tenido éxito, pero el año anterior lo habían logrado y todos se llenaron de ilusión. Una mañana, allí estaba un pequeño huevo reluciente. Todos saltaron de alegría y compartieron la noticia en los medios locales con muchísima esperanza. La pareja de pingüinos al fin lo había logrado. Fue el mismo nivel de desdicha que sintieron cuando lo encontraron roto al comienzo de una jornada. Las cámaras mostraron un movimiento torpe de la pareja en el pase del anidamiento que terminó con el tesoro arrebatado.
-Suele pasar en compañeros inexpertos-, dijo la Dra. Seoane, veterinaria especialista en aves autóctonas. -Lo llamativo de esta especie es que el macho y la hembra permanecen juntos durante toda la vida, así que intentaremos tener éxito el próximo año-. Y así fue, los pingüinos permanecieron juntos, acompañándose y sosteniéndose durante todo ese período. La comunidad los apodó "el matrimonio ejemplar" y las visitas se duplicaron porque causaba admiración la entereza y fortaleza con la que transitaban juntos. Finalmente, cuando lograron la siguiente oviposición, fue impresionante observar el cuidado amoroso y la dedicación que ambos padres le ponían al proceso. A tal punto que sólo podían comer cuando el otro estaba anidando. Si en algún momento los especialistas necesitaban evaluar el crecimiento del huevecillo, era necesario aplicar un calmante para ambos porque de otra forma no permitían acercarse. Cuando llegó el día de la elección del nombre, era requisito para participar poner una breve explicación del por qué ese era el preferido. Ya sea por cosa del destino o por arte de magia, el que sacaron de la urna decía: "Roberto, porque es el nombre de mi hermanito que está en el cielo". Todos los presentes no pudieron contener la emoción y pareció algo fuera del azar. Así fue como Roberto comenzó a romper su cascarón un 8 de diciembre para que el sol le calentara su plumón por primera vez. El lugar estaba lleno de visitantes, medios de prensa y científicos que ansiaban presenciar el momento. Desde ese instante, sus papás parecían haber cambiado totalmente su actitud sobreprotectora. Dejaban que las personas que conocían lo examinaran y parecían más relajados por haber alcanzado su meta tan esperada.
Inmediatamente, el comité de investigación del acuario comenzó a aplicar el protocolo de cuidados orientados para que Roberto fuera incorporado a su hábitat natural. Sus padres habían sido rescatados del tráfico ilegal y no podían correr con su misma suerte por haber estado mucho tiempo en cautiverio. Poco a poco, Roberto fue siendo separado, pareciendo que su familia entendía perfectamente el proceso. Cuando llegó a estar en otro lugar diferente y comenzó a cambiar sus plumas, estuvo listo para iniciar su traslado. El director de la institución pautó con el Ministerio de Ambiente que un helicóptero viniera a buscarlo para llevarlo a la Antártida. Las autoridades decidieron invitar a semejante evento al niño responsable de su nombre junto con sus papás, quienes conocieron a Roberto con la piel de gallina y los ojos húmedos, recordando a aquel que formará para siempre parte de ellos y que en ese momento vivía en una parte de ese pichón a punto de lanzarse a su aventura de libertad.
El viaje fue largo, pero sabía que estaba a salvo porque muchos seres habían puesto su granito de arena para que él llegara hasta ahí. Sólo le quedaba confiar y sentir el latido de su corazón alegre por lo que vendría. Al llegar, pudo sentir esa brisa helada en la cara, ver ese blanco infinito y divisar a lo lejos siluetas parecidas a él. Tuvo la extraña sensación de que conocía ese lugar y que su nuevo hogar lo abrazaba como las alas de sus padres. Hoy en día, muchos años después, en aquel lugar donde nació Roberto continúa esa bella pareja con su amor intacto, añorando que la vida de su hijo sea plena. Roberto lleva una pulsera de ubicación satelital, que monitorean los biólogos proteccionistas, la cual confirma que el deseo de aquellos que lo trajeron a este mundo, está siendo cumplido.
