El hábito de escribir me ha acompañado desde muy chica, como una ventana de salida hacia un mundo maravilloso. Ese mundo de las ideas que hace que todo en este de acá sea más llevadero. Casi todos los días escribo y cuando lo hago siento que mi alma se eleva. Así que, como hace tiempo tengo abandonado este blogg, me propongo compartir la ventana de mi alma por aquí. Me sucede algo parecido a lo que muestra la película "Soul", si no la vieron se las recomiento. Una especie de dimensión paralela donde no hay tiempo ni espacio, un plano donde todo es disfrute y creatividad, no hay edad ni sufrimientos. El arte es ese canal que nos permite llegar allí para poder transformar lo que nos pasa. Intentaré compartir semanalmente aquello que escribo resumido. Siempre le dedico unas palabras al agradecimiento y a la compasión porque entiendo que me acercan hacia la virtud de la vida: ser cada día un poco más humana abrazando la filosofía y la espiritualidad. Mi propósito es traer paz, belleza interior y bondad a este mundo. Dejarlo un poco mejor de lo que lo recibí. Eso también aplica para mi misma: mi primer nombre es resiliencia y mi segundo paciencia.
La última semana estuve en Villa Ventana con mi familia, es la segunda vez que viajamos a la Comarca, como le dicen. Siempre que siento ese aire frío en mis mejillas me hace sentir muy viva. Como si la caricia del Creador me recordara el calor de mi interior. Ese que me trajo hasta aquí, mi pasión por la vida y por el amor en todo lo que hago. Unos días de un dormir tranquilo, lejos de los ruidos citadinos y abrazada al canto de los pájaros, el sonido del viento, el rugir del arrollo Belisario al cruzar una calle de tierra y las gotas con distintas intensidades que cayeron en el techo de nuestra cabaña. Todo formando una sinfonía maravillosa orquestada por los antojos de la naturaleza en su máximo esplendor. La señal de celular y el wifi es tan inestable que es el condimento ideal para terminar de desconetar la mente. El barro resbaladizo en senderos con pendiente hace contraer todos los músculos del equilibrio demostrando la liviandad de la creencia de la capacidad de control. Simplemente ser en unidad con la naturaleza, en esa fuerza hermosa que crea y limita para dar paso al tiempo.
Tuve ganas de hacer una cabalgata, sentir la conexión con ese ser tan imponente y sensible. Fuimos en un recorrido por la ciudad de Villa La Gruta. Lloviznaba para dar un trasfondo más agreste a la experiencia. Me tocó la yegua Sol, que daba calidez al panorama tan invernal. El masaje en mi cadera valió como cien días de spa. Me ocupé de acariciar su cuello y hombros mientras estaba sobre ella y varias veces le agradecí compartir ese momento. Fue digno pensar que esa criatura me ofrecía el favor de llevarme, más allá de que fue criada para ello. No me siento más que ella. Aún recuerdo su ritmo de caminata, cada tanto trotaba imagino contagiada por la premura de sus pares. Intenté frenarla para sintonizarla con mi propio ritmo, a veces funcionó, otras no. En cada parada aprovechó para alimentarse con un poco de pasto y cuando volvía a arrancar se apuraba para comerlo. Como si no quisiera tener malos modales. Al terminar el recorrido, una anécdota para sumar al diario de mi vida. Uno de los cuidadores abrió el corral y mi yegua salió disparada de la emoción de que le saquen la montura, sin darse cuenta de que pasaba por abajo de la rama de un árbol. En un afán desesperado de supervivencia cefálica me abracé a esa rama como al sacerdote al que le confesé mi pecado más grande. El destino corrió a mi favor y quedé colgada de ella, como en aquella ocasión me aferré a mi fe. Sólo una caída de cola y un par de retazos de árbol sobre mi fueron el saldo del final de ese viaje. Me sacudí y salí adelante como siempre.
Las casualidades de la vida quisieron que la yegua de mi pareja sea Luna. Otra broma del azar, los astros del matrimonio juntos en caballos a nuestro servicio. Él con su energía, sus ganas de salir adelante, su templanza y su no violencia. Yo con mi búscqueda incansable de la mejora, del bienestar emocional y la cultura de la paz. Dos seres únicos e irrepetibles con una cuota de extrañeza que se cruzaron para compartir la vida y dar vida a otro que resulta ser la mezcla perfecta de ambos. El que pone nuestro mundo patas para arriba y nos muestra lo fantástico de nuestro complemento. Una persona que se hace paso a la vida sin pedir permiso, como si todo le perteneciera. Con la fuerza de un tornado y la benevolencia de una caricia. Quien comenta, pregunta, razona y hace más chistes que respiraciones. Tuvimos la fortuna de cruzarnos con otros protagonistas de amor verdadero, una pareja que tiene la maqueta de ferromodelismo más grande que vimos. Él aleman, ella austríaca. Felices en su casa diseñada para su pasatiempo en el medio de la sierra. La cual es aún más apasionante cuando se apaga la luz. Una especie de testimonio de su vida juntos, mezcla lúdica y amorosa de sus añoranzas por sus terruños abandonados. Nos obsequiaron unos frutos de araucarias que esperaremos puedan brindarnos un poco de ese lugar tan maravilloso. Otra pareja se dedica a la gastronomía, se conocieron en internet como nosotros y se casaron de grandes. Cada uno con sus hijos y sus nietos se miraban como si recién se hubieran conocido. Él no paraba de hablar de ella y de sus virtudes, ella se reía y bromeaba. El complemento perfecto el uno del otro. Me sentí afortunada de ser testigo de semejantes historias de vida compartida y que las escuche mi hijo. Un pedacito de mundo que genera esa energía encadenada de amor que es la humanidad. Tuvimos la oportunidad de contarle una noche a nuestro pichón anécdotas de nuestra luna de miel. Guardaré en mis recuerdos su cara y nuestras risas. Sin dudas aquel viaje fue un preludio de nuestra vida juntos, una seguidilla de hechos desafortunados acompañados de momentos de inmensa felicidad a los que juntos les damos pinceladas de color y logramos los más lindos lienzos. Una melodía con acordes menores y mayores compuesta por dos músicos inexpertos pero confiados de que juntos suenan mucho mejor.
Pasamos el día de la Pachamama haciéndole honor en la sencillez de su vientre. Recorriendo paisajes como fotos de un álbum interminable que quisiera que no termine de hojearse nunca. Un Cabecita Negra me saludó al costado de la ruta, mostrándome que sólo a 600 km de mi ciudad la naturaleza se hace presente a baldazos.







