Me sentía cansada de hacer siempre los mismo, la rutina mata a cualquier acto de espontaneidad creativa. Vivía estresada de sostener un trabajo que no me satisfacía. Sin embargo, la seguridad de lo cómodo me hacía permanecer. Decidí ponerle fin a ese peregrinar y me senté frente a la computadora para buscar opciones de viajes. No me relaciono bien con la tecnología pero en este caso funcionaba como una válvula de escape necesariamente atractiva. Pasé horas mirando opciones, mis ojos secos como lijas me pedían a gritos algo de libertad. Por fin me decidí a viajar a la ciudad de mis sueños: París. Mis míseras dos semanas de vacaciones serían suficientes gracias al ofertón hallado. No tenía mucho tiempo de preparación pues mi vuelo saldría en pocas horas, así que guardé lo básico para estar decente. El vuelo fue confortable dentro de lo que se le puede pedir a una aerolínea low cost. Intenté quedarme lo más quieta posible por si me cobraban la respiración. Luego de un viaje de casi medio día interminable y la espalda dolorida por el asiento diminuto e inamovible llegué a Charles de Gaulle. Me tomé un taxi junto con una pareja de australianos recién casados con los que hablé en el vuelo, y tuve la fortuna de que me regalaran el viaje. Llegué a mi humilde hostal con una mezcla de emociones. Por un lado la curiosidad de lo novedoso frente a mi y por el otro la sensación de insignificancia frente al mundo. Como era tarde, me registré y fui directo a mi habitación. Por suerte el baño era compartido entre tres y estaba cerca de mi puerta. Me costó mucho dormirme esa primera noche a pesar de mi cansancio. Se lo atribuí al jet lag, pero mi cuerpo sentía unos nervios que recordaba de cuando rendía exámenes. Probablemente esa necesidad injustificada de que todo sea perfecto no me dejaba relajarme. Al día siguiente disfruté como sufriente de inanición el desayuno ofrecido. Como me gusta hacer turismo a pie, decidí calzarme mi zapatillas deportivas y salí a recorrer sin un rumbo aparente. La falta de planes me ha caracterizado en mucho tiempo. Visité monumentos y museos por millón en una embriaguez de colores vertiginosa. Pasé seis horas caminando, pensando que el itinerario sería aún más lindo si fuera compartido a pesar de haber experimentado el día más feliz de mi vida. Durante el recorrido tuve una experiencia extraña y escalofriante, una mujer con aspecto de gitana agarró algo del piso y se acercó para dármelo. Casi incrustándolo frente a mis ojos pude ver un anillo de oro, me dijo que era mío, a lo que le contesté que no. Entonces me respondió "¡Buena suerte!", yo siendo de Buenos Aires leí la treta y me animé a proponerle que se lo quedara. No obstante, tuve la sospecha de que la buena suerte ya era mía. Cuando regresé a mi alojamiento me di un baño reparador, el agua cumplió con sus expectativas. En ese momento caí en la cuenta de que había olvidado el secador de pelo. Le toqué la puerta a la huésped de al lado sabiendo que su nacionalidad podría acercarla hacia la empatía de mis compañeros del viaje de llegada. Sin dudarlo me prestó el suyo, esos pequeños gestos de contención humana, de decir "acá estoy, no estás sola" son todo a tantos kilómetros de distancia de tu entorno cercano. Esa noche también me costó conciliar el sueño, estaba colmada de felicidad y placer. Pensándolo bien, también de hidratos de carbono que habían sido la mayor parte de mi dieta desde mi llegada. Al día siguiente decidí contactar más con la naturaleza de plazas, parques y jardines. Tuve que tomar un tren para llegar a uno de mis destinos pero el conserje me jugó una mala pasada con las indicaciones, o yo le habré entendido mal, y mi periplo culminó en la terminal del sentido contrario a mi meta. Cuando me bajé en la estación encontré una familia de estadounidenses que habían caído en la misma suerte. Hecho que atenuó mi frustración puesto que ellos me superaban ampliamente en número. Nos tomamos el tren de regreso y recibí un lindo piropo en relación a mi inglés además de una invitación a seguir profundizándolo por sus pagos. Al arribar, el aire límpido y puro de la libertad real y citadina me hizo levitar en sueños bohemios pensando en la genialidad de las cosas más sencillas. Me abrazó una mezcla melancólica de imaginación y oración para intencionar un encuentro con algún compañero en la ruta de mi vida. Alguien que me quiera como mujer, que me ame incondicionalmente y que me acompañe en mis penurias. Divisé una realidad con dos planos, los sin rumbo y los estancados, deseando transitar por el sendero del medio. De repente, como una caricia en el oído, sentí la voz hermosa de aquel que me acompaña en mis éxitos y decadencias co-construyendo nuestro destino de "buena suerte".

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